Cuando entro en contacto con la gravedad observo la resistencia en mis articulaciones.
Me muevo hacia el dolor para conquistarlo y disfrutar de estirarlo, rotarlo y sacudirlo en espirales, atendiendo cada ángulo de mi cuerpo.
La energía vital me toma y me lanza al piso, siento placer y grito, siento éxtasis y sudor.
Cuántas partes habitan en mi, cuantas esquinas por reconquistar día a día.
Cuánto cuerpo por descubrir y cuanta vida por encarnar.
Cuantas memorias escondidas en las fibras.
Cuántos miedos enterrados.
Cuánta vida contenida en tejidos no explorados.
Cuántas olas de emoción y espacios de placer no habitados.
Cuánta luz surge al estirarme.
Cuántas melodías a tararear.
Danzar enciende mi pasión por dentro.
Cada articulación tiene su expresión.
Cada círculo, su diámetro.
Cada ángulo y curva encuentra su expresión y su propia geometría.
Cuando muevo la cadera, me doy cuenta de cuánta represión aún habita en mí.
Cuando muevo mi cuerpo, salgo del ruido de mi mente.
Cuando enciendo el fuego del placer, me encuentro.
La música me invita y me incita a sentir.
Que placer es la expansión del ser y la presencia de ondularme en la libertad de existir en plenitud.
En el movimiento regreso a mi.
En el movimiento me encuentro aquí.

